jueves, 14 de julio de 2011

Cristales tintados

Dime qué trozo de luna falta,
Porqué yo la veo entera.
Quizás sea yo, la que idolatra el mundo,
A través de la sensibilidad –y casi sólo la sensibilidad-.
La justiciera inútil de los no-valores,
La romántica ¿existencial?
Precioso...macabro.
Fuera llueve,
Y parece que moleste.
La mujer del pelo corto, con una mecha rubia frontal ladeada que resuelve crucigramas, sudokus o sopas de letras, piensa: “así es la vida”
La joven de enfrente, se ha entretenido mirándose en los cristales de la ventana del tren convertida en espejo, y lo hacía mientras se peinaba estirando su pelo para conseguir hacerse una coleta perfecta. Se mira en el espejo, lo piensa y se saca dos mechas del flequillo con las púas del cepillo para descubrir que así está más guapa. Ya está perfecta. Ahora rebusca en su bolso y saca un papel: “Campaña de comunicación a los trabajadores 2011”. Su cuello luce una virgen maría, una flor y una simple cadena plateada. Suspira, se mira…Lo importante, es no pensar.
Un hombre sentado al alcance de mi vista y de nuestras miradas a través de los espejos de los cristales, intenta jugar, de forma torpe, a la seducción: Me mira de reojo, si intuye que le estoy mirando, cambia la mirada y la dirige hacia el espejo de su ventana, a través del cual puede verme a mí reflejada. Lo compruebo siguiéndole el juego: me mira a través de la ventana. No me gusta él, no me gusta mirarme en él. No resiste, me mira fijamente, cuerpo a cuerpo, se acabaron las ventanas.
Acabamos de parar en Puzol.
Me pregunto por qué la joven de enfrente está tan sumida en la normalidad de su vida.
¿Quién será?
El hombre que está al alcance de mi vista, me vuelve a mirar fijamente. Suelo aguantar la mirada, aunque sea sólo para excitar un “¿qué?”. Pero con él no puedo, me repugna.
¿Quién será?
La joven de enfrente deja de leer por fin el panfleto. Saca una esclava de oro finita para su gran muñeca de dentro de su cartera, se la pone con total facilidad. Yo hubiese estado todo el viaje para conseguir abrochármela sola. Luego saca sus pendientes, también dorados y se los pone. Pero aun no se ha mirado. Por último una pulsera con anillo incorporado y su inicial como nudo: “M”. ¿Se llamará Mireia?  Ya está todo. Cierra su cartera y parece que sí, apoya su codo sobre el cristal para mirar cabizbaja ¿Estará pensando?
Empiezo a notar el típico frío veraniego del último vagón del tren.
Ya se baja, Maria, Mireia, Mildre, Melisa…la joven de enfrente. Baja en Sagunto (correspondencia con la línea C5 de Rodalia). Se acabó el alcance visual con el hombre de enfrente. Ahora voy de cara, él también y está detrás.
La puerta del conductor se ha quedado abierta al salir un trabajador de la Renfe de la cabina, el conductor no la cierra…se tambalea. Qué intriga, pero qué violencia. El conductor estará luchando por cerrarla a la vez que mira la vía con las manos al volante. Me levanto, le descubro haciendo peripecias, como yo imaginaba, para lograr cerrar la puerta; la cierro. Es el rincón secreto. Parece el despacho de Batman.
Un grupo de niños se ha incorporado al vagón, gritan, hablan como si ya no fuesen niños.
Dime qué trozo de luna falta,
 porque yo la veo entera.