Ví tu ángel oblicuo, un trazo alado,escuché los versos mojados, besé los labios asimétricos...
Sentí la fuerza seca y el estremecimiento ensangrentado.
Bebí del veneno mortal más placentero, y descubrí una mosca olvidada en la trastienda de la calle veinticuatro.
Jinetes al viento, Úrsulas acuchilladas, musas custodiadas y artistas sometidos.
La búsqueda infinita de aquella lejana trascendencia finita.
Mi cuerpo estuvo endiosado, mi lado humano quedó sepultado, muerto, quemado, troceado.
Comenzó el canibalismo y los mordiscos, la ceguera y las caricias. Y luego, tumbada sobre el lecho, casi a solas y en silencio, comenzé a oir una voz y poco a poco fuí desglosando el murmullo semiótico que venía de la habitación de al lado, de la casa vecina y desconocida. Y así fue como escuché la historia secreta contada por el anciano arrugado: "Allí donde el conde mordió a la mujer fatal, nació una niña de oscuro pelo, ojos convexos, mirada perfecta. Sigilosa y traviesa creció y se hizo mujer, y ya sin su madre comenzó la experimentación, la desautomatización, la rebeldía propia de un personaje de alguna novela de algun escritor que jamás supo contarla. Dibujó el beso robado, las botas de un campesino cansado, la locura de una angustia horrorizada por los bombardeos y el hambre de saliba y sangre. Ella, de un cuerpo tan apetitoso como las cerezas lo son en Agosto; ella de una sonrisa dulce y tierna, pero salvaje y mortífera; la misma que sería capaz de morder al conde y a la condesa al mismo tiempo, al cura y a la camarera en la misma cama orgiástica; Dalilia había decidio hacer uso de sus armas, ser la femme fatale de todo aquel que pretendiera besarla o ignorarla. Fue diosa y musa de todos los artistas de su tiempo, pero nunca dejó que nadie la besara, ella tentaba, era capaz de conducir a un hombre o a una lesbiana a los lugares más oscuros y terribles de los sentimientos, pero nunca jamás amó, en ninguna de sus palabras resonaba la palabra amor, más bien todo lo contrario, sabía advertirles a sus víctimas de que con ella acabarían endemoniados, locos, perturbados, con una espina clavada tan hondamente en el corazón que sería capaz de matar o de agonizar sus existencias. No, ella no amó, como tú, no amó ni besó, acarició y abrazó... Y murió desbesada."
Lagartos morados y rostros ensangrentados de lágrimas, mi vida entre cuatro paredes inundada de cuchillos, venas, intestinos y cadáveres. Tétrico, sádico, tenebroso...Mi habitación negra. Mi armario secreto, mis cinco hombres maniatados y de cara a la pared viendo la sombra de mi cuerpo bailando al compas del desnudo, a ritmo de blues...Les tengo atrapados.